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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Música de Negros - José Pedro Barran en “Historia de la sensibilidad”, Tomo 2

En la década 1870-1880, el Estado y el Municipio se apoderaron de la organización del Carnaval, dirigieron sus desfiles, con el adorno y la iluminación de las calles, llevaron a la tiesta el concurso de las bandas militares y dieron orden al corso. Del Estado y los gobiernos militares, la dirección de la fiesta pasó a comisiones vecinales y de fiestas elegidas por la Junta Económico-Administrativa de la Capital entre la juventud dorada. Así, la de 1888 estaba integrada por los hijos de algunos de los apellidos más ilustres del “alto comercio”, la banca, el latifundio y la industria saladeril, característica que también advertimos en la de 1899.

El Carnaval de 1888 marcó tal vez la culminación de este matrimonio entre el nuevo y ”civilizado” Carnaval y la clase alta; el corso, que partió de Colón al centro de la Capital, lo encabezó “la Comisión de Fiestas cabalgando en parejeros de pura raza” (allí estaban los Piñeyrúa, Cibils, Avegno, Urioste, Castellanos, Nin Reyes, Mac Coll, Victorica, Balparda, Márquez, etc.); seguían “carrozas de lujo extraordinario (...) con jockeys y lacayos de gran gala en la parte trasera del coche. Vistiendo libreas rojas y galoneadas, sombreros de pico, peluca empolvada”; luego, “interminables filas de carruajes particulares, ocupados por las familias más distinguidas de esta sociedad”, entre los que se destacaban el del financista Emilio Reus y el ocupado por la hija adoptiva del Presidente de la República, “la señorita Laudelina Tajes”. El pueblo y la clase media, estimados en 30.000 personas, miraban entretanto el desfile, boquiabiertos. Todos esperaban el fin del corso para echarse a la calle y mojarse con los pomos o, de ser posible, empaparse con la grosería” y la “indecencia” antiguas que cada vez se practicaban con mayor culpa y vergüenza.

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